Volver a montar (II)
Lo más duro: volver a montar...
PEDRO DIAZ G. /II
WINNIPEG, 3 de agosto.- Pasean tomados de la mano Gerardo, Anna Rita y Anna Tazzer por los senderos del Red River Exhibition arropados por las palabras siempre de aliento de quienes a su paso se les cruzan a toda hora desde aquel primero de junio cuando dijeron adiós a Piero, quien montaba a Fregonero.
Lo único que han sentido desde entonces es el apoyo moral siempre tan necesario de quienes ayudan a mitigar las penas.
Han viajado amigos a buscarles con la intención de aminorar angustias y lo logran. Llamadas vía telefónica. Abrazos a la distancia. Palabras de consuelo.
Va por Piero.
-...Porque él sería el hombre más feliz del universo -dice su padre- por estar en este ambiente que tanto le gustaba: las banderas. Ustedes tomando fotografías. Todo lo que se vive dentro de la familia ecuestre que es grande y se ha vuelto ya internacional. Las medallas...
Tuvo Gerardo Tazzer su momento olímpico y lo quiere repetir.
El bronce en los Juegos de Moscú no sólo ha sido suficiente para que las autoridades le hayan entregado en 1980 el Premio Nacional del Deporte que comparte con el equipo ecuestre sino que ha logrado colocarse entre lo más destacado mundialmente dentro de las competencias de salto.
Lo sabía Piero y acaso por ello su impulso fue emularlo.
Acaso por ello también se dibujó en su rostro una amplia sonrisa al volver de Europa el verano pasado y ver al bello cuarto de milla que le esperaba en casa y del que no dudó llamaríase Fregonero. Le había conocido en un concurso en Guadalajara.
-Se lo regalé cuando cumplió los once -comenta Gerardo Tazzer mientras camina después de montar a Liberty- y de inmediato comenzó a cabalgarlo.
Lo tuvo una semana a prueba. Y fue tal su entusiasmo que pronto niño y caballo eran ya uno sólo.
Quiso Piero que el pasado abril fuese su primera comunión. Día 30. En descampado se reunieron los amigos.
-A su lado, libre, precioso -dice su madre- trenzada la crin blanca, le observaba su caballo.
Para mí el deporte ecuestre es la vida entera; no me veo lejos de la equitación, no me imagino. Desde chico me ha gustado y de a poco se ha ido convirtiendo en parte de mi vida.
Por eso no, no es sólo un deporte: es mi manera cotidiana de vivir.
Apasionante, de entrega, de estar ahí todos los días. Porque a diario se trabaja en conjunción con los caballos.
Provengo de una familia de rancho: mi padre, don Virgilio, era ganadero; en los ranchos, que los hubo varios, yo montaba charro, en un principio, y fue él quien empezó a montar en albardón. Porque sillas hay muchas: la charra, texana, albardón, portuguesa... Y a mí me gustaba mucho verlo a él.
Acompañarlo.
Así fue como empezó esta historia: desde el primer día que monté albardón, hasta ahora, no lo he dejado.
Nací el 12 de diciembre de 1951 en el rancho San Francisco, allá en Tepozotlán y luego, yo creo, ya no recuerdo, cuando tenía cinco, seis años, nos cambiamos. Fuimos a vivir a México. Mi padre, primero ganadero, después se dedicó a bienes raíces.
Junto con mi madre, Rosaura Valencia, un día me sorprendieron: me obsequiaron cuando cumplí diez años dos caballos: La canica y el Nazas.
Me metí de lleno a este maravilloso mundo.
Ahora pienso que realmente de todos los caballos que he tenido, ninguno se convierte en favorito. No porque el deporte es muy difícil; a veces se van: mueren o se venden. Y así no puedes tener preferencia especial por alguno.
Todos son parte del deporte y todos son realmente no sólo consentidos, sino muy consentidos.
Pero no siempre fue así: en una ocasión, sentí el dolor del desapego: la primera muerte de una yegua muy buena que montaba solamente yo, Arjala, me costó mucho dolor.
Pero después comprendí que así es la equitación y que los caballos se van: murió de cólico, como de cólico mueren el 80% de los caballos. Y en aquel tiempo más, pues no había las operaciones que se hacen ahora, no había los medios. Y la comida que se les daba ayer no era tan buena.
Tuve que superar aquella muerte. Y fue mi padre quien habló conmigo: así son los caballos, me dijo, pero la vida sigue.
Fui entendiendo que hay que vivir con eso.
Igualmente con los caballos que uno tiene no debes apegarte tanto, porque en un momento determinado se tendrán que vender. En México no existen patrocinios y entonces, desgraciadamente, en cuanto hay una buena oferta no podemos salvarlos.
De mi padre vinieron las palabras reparadoras. Yo estaba prácticamente todo el día, salvo el tiempo de la escuela, al lado de él. Platicábamos mucho y él me lo hizo entender.
No recuerdo con exactitud sus palabras, pero sí lo que sucedió: desapareció la angustia, la preocupación, toda esa tristeza de vivir la pérdida de un caballo. Pero así son: unos van y otros llegan; y si se va uno muy bueno pues vendrá otro mejor y hay que trabajar con ellos.
Yo me levantaba a las cinco y media de la mañana, para irme a montar primero, y después llegar a la escuela. Mi padre me llevaba, mientras él conducía, ya casi a las siete, me cambiaba el traje de montar por el uniforme de la escuela, el Instituto Cumbres; porque entonces ya vivíamos en Las Lomas.
Llegamos a la ciudad, casi no me acuerdo, a los cuatro o cinco años. Don Virgilio, mi papá, montaba también, y a nivel deportivo: no a nivel internacional, pero sí hizo algunas competencias ecuestres.
Eran otros tiempos.
A Anna Rita la conocí a través de una amiga, Lourdes Ariza, que también montaba. Fue, donde más, en un concurso. Y me la presentó, comenzamos a salir, y empezó también a montar. Le gustó la equitación, qué bueno, porque de otra manera no nos hubiésemos casado. Comenzó a practicar e hizo una muy buena carrera deportiva. Lo recuerdo muy bien: desde el primer día empezó a montar.
Y es que no fue fácil. Yo tenía interés en ella, pero aunque traté de que aceptase mi invitación, durante un buen tiempo, nunca quiso salir conmigo.
Conseguí esta cita y desde ahí pa'l real. Tenía yo 23 años. Afortunadamente le gustó. Porque el mundo de los caballos es de una entrega total: es salirte de todo lo demás, no tienes tiempo para otras cosas; el trabajo que tienes que hacer, los estudios, y la montada. Párale de contar.
Yo hice economía, ciencias de la comunicación social y tres años de administración. Y después tuve que decidir: montar o estudiar. Eso fue a los 21 años, cuando gané mi primer concurso, en 1961, en el club Hípico Viveros de la Loma, allá por Satélite.
Por eso creo que la trayectoria de Piero y la mía son similares.
Y yo lo notaba: desde que comenzó a montar a Fregonero cada vez estaba más contento. Le fue muy bien: empezó a ganar, a concursar: se convirtieron para él, otra vez, igual que para mí, en toda la felicidad: los caballos...
Después de Quebec, sí te lo voy a decir: fue muy difícil. La imagen que aún tengo del accidente, pues lo vimos todos, nadie nos lo contó, no se me quita. Y claro que enfrentar el momento posterior, cuando debes volver a subir a un caballo, es lo más duro. Haber montado otra vez, concursado, fue muy duro. Lo he estado superando, poco a poco. No te voy a mentir: te dan ganas, por supuesto, de decir no vuelvo a montar.
Pero eso pasa y pensando que Piero está muy bien y que ahora está donde mejor puede estar; sobre todo recordándolo con alegría, creo que esto es lo que él hubiese querido: que sigamos adelante: le estamos echando muchas ganas.
Son las Annas, como hermanas. Madre e hija auxilian en cada detalle al jinete de sus ensoñaciones, Gerardo Tazzer, y los abrazos que le prodigan encuentran eco en su sonrisa.
Capta el reportero gráfico el momento en que acomoda las botas.
-Pero mete la panza, gordito -le dice ella.
Todos ríen.
Ahí, muy cerca de las caballerizas y con el tiempo encima porque hay que seguir entrenando, dice Anna Rita Tazzer:
-Algo que me da una tranquilidad muy especial: el día de su primera comunión él quería hacerlo en el club hípico, que tenemos ahí, en un lugar muy sencillito, su casa, y pidió que estuviera presente su caballo. Que fue con el que murió. El Fregonero estaba suelto, trenzado de blanco, precioso, ahí, mirándose mutuamente. Habría que haberlos visto.
Volver a montar... los tres lo hacen.
-Monté a Fregonero, que se quedó, después del accidente, casi una semana sin comer. Cuando lo digo piensan que estamos contando un cuento, pero de verdad: el caballo está más triste que yo que soy su mamá: créanmelo, estuvo metido en su caballeriza, nunca se dio la vuelta, sólo mirando a la pared. Todo el tiempo. El primer día que lo saqué, como si estuviera lastimado. No quería ni caminar: tenia el dolor por dentro. Yo lo sé. Ya se fue a México pero me acompañó el resto de la gira, así, literal: me acompaño: mi ilusión cada día era levantarme e ir a verlo; llorar juntos, un poco. Y hacerle entender, a él también, que la vida tiene que seguir.

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